Zoe Alawan, La Transformación, obra en acuarela, 1998

 

Prefacio de Claudio Naranjo
 

Al asistir a un seminario sobre los bhu del camino del Bodhisatva, guiado por Chogyam Trungpa a principios de los años 70, me topé con Sarah Warsher -antigua secretaria de Esalen, que había estado a punto de unirse a un grupo que yo había escogido para venir a Arica en Chile para trabajar con Oscar Ichazo en 1970. Ella había elegido hacerse secretaria de Fritz Perls cuando Fritz abandonó Esalen para fundar el "Kibbutz de Gestalt" en Cowichan, Canadá, y no la había visto desde entonces. Ella no había encontrado a un maestro desde Fritz, dijo, y asumo que no se hizo discípula de Trungpa, ya que semanas después de nuestro encuentro, recibí una entusiasta carta suya informándome que se había puesto en contacto con una persona que estaba en el propio núcleo de la Escuela (o algo así). La gente del Centro de Gestalt en Cowichan le había entregado el centro, y dentro de muy poco habría una apertura de la comunidad -en forma de una serie de talleres dados por su maestro; no obstante, poco después, el grupo se enfocaría en su propio trabajo interior y su maestro se enfocaría sobre ellos. Debido a esto, ella me recomendaba que acudiera a uno de los eventos programados.

Elegí un intensivo sobre " objetivos" y con gran sacrificio personal cogí un avión para Vancouver -en un momento de agobio, cuando apenas podía hacer frente a los quinientos alumnos que había llegado a enseñar directa o indirectamente a través del SAT (Buscadores de la Verdad). El taller implicó el desarrollo de una expansión de tiempo ilusoria, con el uso de la total oscuridad y mediante la experiencia de ser despertado en lo que sentía como horas arbitrarias del día en el transcurso de las primeras veinticuatro horas, o algo así. También fue un taller de desembolso de altas cantidades de energía que me hizo profundamente consciente de limitaciones a la hora de mantener una "actitud de trabajo" en medio de la fatiga. Fue también un evento en el que nosotros, los participantes, fuimos tratados como niños de párvulos hasta el punto de leernos cuentos (muy relevantes) infantiles. Pero el maestro no acudió.

Sólo fue visible en el tablón de anuncios su tarjeta -una tarjeta azul grisáceo reluciente, en el centro de la cual aparecía el nombre "Avatar Al-Washi", con una nota de pie en letra pequeña que clarificaba: "mundos creados, mantenidos y destrozados en-el-acto", y con dirección en Wilshire Boulevard, Los Ángeles. Sólo tuve la oportunidad de conocer a E.J. en persona en un evento posterior, momento en que aprendí que sus alumnos le llamaban "Bestia". Esto era congruente con "Maestro Therion" de Aleister Crowley, y con el significado de Al-Washi, ("El Salvaje"); pero más que nada era congruente con un estilo de enseñanza "iracundo" que recuerda al de Gurdjieff. Lo que también me recordó a Gurdjieff fue su cabeza rapada. Más adelante, pensaba: ¿tiene la cabeza rapada de un cura o de un imitador de Gurdjieff? - y hoy responderé que eran por ambas: ya que veo en E.J. un maestro único (aunque arquetípico) que también es brota y malabarista, y que ha representado deliberadamente a Gurdjieff al dirigirse tanto a los admiradores de Gurdjieff como a los maestros imitadores. Como un otrora-discípulo de discípulos de Gurdjieff y también de Ichazo, que de alguna manera era el sucesor de Gurdjieff, este papel de E.J. fue de particular importancia para mi propia experiencia, tanto como persona como maestro. Aunque no fui capaz de apreciarlo en su momento, también, su interpretación del Avatar salvaje fue la más apropiada para mi propia situación en una época en que me sentí algo mesiánico y mi estilo de enseñar se había vuelto muy exigente y crítico en aras de "reducir el ego".

Pronto después de mi segunda visita a Cowichan, recibí una llamada de Sarah, transmitiendo una oferta de E.J. (ésta fue la primera vez que conocí su nombre) para reunirse con alumnos en Berkeley durante un fin de semana para guiarlos hacia la próxima fase de su camino.

"¿A cuántos puede ver?", le pregunté. A todos los que quieran.

Propuse una sesión con un grupo de noventa y después sesiones individuales con cada uno, preguntándome cómo iba a hacerlo (sin fiarme de él lo suficiente como para presentarle a más de dos de los cinco grupos en activo en la ciudad). E.J. vio a todo el mundo en menos de un día -a veces en entrevistas que no duraron más de un minuto, dejando impresiones importantes en muchos. Sin embargo, lo más importante para mí fue lo que sucedió cuando, antes de visitar a alumnos e inmediatamente después de su llegada, entró en mi habitación con una grabadora idéntica a la que yo había comprado el día anterior. Me puso varias cintas (incluida una parodia de una competición olímpica en la que pugnaban varios líderes espirituales que subían o bajaban de categoría). Después de escuchar estas cintas, y después de que él hubiera salido, me di cuenta que había conseguido cambiar su grabadora por la mía; donde yo me había sentado (¡conectado a altavoces!) había un aparato no exactamente idéntico al mío, ya que había sufrido golpes hasta el punto de no parecer nuevo para nada.

No podía creer, al descubrir esto, que pudiera ser tan "Bestia" -un ser con una energía tan agresiva que podía haber incidido de manera tan destructiva en mi grabadora sin que yo lo notara siquiera. Más tarde, al estudiar este asunto más detenidamente, descubrí la nueva grabadora en su habitación, conectada a sus altavoces. Al principio no podía creer que hubiera cambiado su vieja grabadora por la mía -pero había un detalle que me dio las pruebas: dentro del compartimiento de las pilas había una etiqueta con el nombre de la tienda de Oakland donde yo la había comprado. Me enfadé, al parecer yo no estaba preparado para regalar mi hermoso y único radio-cassette con su atractivo diseño con altavoces desmontables (aunque años después, lo donaría a H.H. Karmapa). A pesar de sentir enfado y de pensar que si no había destrozado exactamente mi nuevo radio-cassette, de una manera sutil, había intentado robarlo, no encontré fácil hacer la acción recíproca y cambiar una vez más las grabadoras. Aunque sí lo hice; pero me sentí como un ladrón.

En algún momento del día siguiente, el Señor Gold me invitó a escuchar una cinta, y hizo que le trajera su grabadora a donde nos sentamos. La cinta no tenía una especial interés, y el sentido del episodio giró alrededor de un enfrentamiento implícito respecto al asunto de la grabadora y el miedo del niño bueno a enfrentase con el poderoso maestro. Lo reconoció indirectamente cuando me dijo al despedirse: "Llevamos a cabo un buen trabajo, ¿no?".

Mi siguiente encuentro con "E.J." (como lo llamaba por entonces) tuvo lugar quizás un año después, cuando él y su comunidad habían emigrado a las montañas de Crestline en el sur de California. Un día, me invitaron a una reunión allí (a la que también asistieron Charles Muses, Reshad Feild y John Lilly) de la que años después escuché a E.J. decir una vez, que era el "Segundo Consejo de Nicea". El Jeque Reshad Feild, que acababa de llegar de un aniversario del centenario de Rumi en Konya, Turquía, nos habló del hecho de que los "centros motrices" estaban desapareciendo de Afganistán y de otros países del este y que el centro del Trabajo estaba destinado a trasladarse a América. En esta línea, él estaría implicado en montar un "centro de energía" en Tepoztlán, un lugar geográficamente adecuado debido al hecho de su ubicación encima de una línea magnética. Poco después, invité a Reshad a hablar con alumnos experimentados, y les esbozó un proyecto. Era necesario juntar un grupo de personas que hubieran ido más allá de la necesidad de trabajar sobre sí mos por razones egoístas; buscaba personas preparadas para servir, y esperaba que éste fuera el lugar indicado para encontrarlas. Poco después, E.J. ofreció escoger a esos candidatos del SAT. Muchos alumnos del SAT fueron a Crestline y se quedaron, no durante unos días como habían anticipado, sino durante semanas. (Durante este tiempo. E.J., tuvo la deferencia de alimentarlos a todos). Dado que solicitar ser incluido en esta selección significaba abandonar al SAT, y ya que sólo la mitad de la gente permanecía (en una época en que me apetecía abandonar la enseñanza para poder retrotraerme, regenerarme y ponerme en "dique seco" -como le decía a Charles Tart en ese momento), no podía evitar percibir a E.J. como mi benefactor. Una vez de pasada comentó algo de "quitarme el peso del SAT de encima", así que le di el crédito por crear una situación que respondía a las necesidades, tanto de mi grupo como de mí mo. La experiencia de aquellos que llegaron a Crestline, pensando que lo que se iban a encontrar era sólo una selección, necesitaría un novelista para describirla, y yo no podría hacerlo ya que en los casi veinte años transcurridos, los informes que recibí se han desvanecido de mi memoria. Tengo la impresión de que era una importante adición a la "educación-de-trabajo" de muchos de ellos, y una aventura -debido a que algunas regularidades del mundo ordinario fueron suspendidas. Como ejemplo, te puedo contar que después de una noche de fuertes nevadas, E.J. consiguió convencer a todos de que no sólo estaban aislados por la nieve, sino que (a través de las noticias simuladas de la radio en las que se decía que la orientación del polo norte estaba cambiando rápidamente) creó una convicción en los presentes de que una nueva glaciación se les venía encima. Después de un tiempo con esta ilusión, los presentes estaban convencidos de que nunca podrían salir de la casa y que lo mejor que podían hacer era prepararse para la muerte, echándose en el suelo escuchando lecturas del Libro Tibetano de los Muertos. Y así lo hicieron durante días, me informaron. (Sin embargo, igual que con todas las experiencias poderosas, hubo complicaciones: me he creado algunos enemigos entre aquellos que no fueron capaces de dirigir su Odisea en Crestline).

Desde entonces, he conocido a E.J. Gold como maestro y amigo muy creativo y clarividente. Para un prefacio, sería demasiado largo escribir la historia de esta relación y pienso guardarla para una autobiografía posterior. Pero he de decir que durante los últimos años suelo visitarle en su hogar en el norte de California cada vez que paso por USA y cada vez vuelvo a casa con una sensación contenta y agradecida -sabiendo que recibí un regalo importante, y sobrecogido por su habilidad para saber lo que yo necesitaba antes que yo mo, cosas que ni siquiera hubiera pensado desear. Así, en una de las últimas visitas, me enseñó a usar un programa para procesar música a través de un ordenador conectado a un sintetizador (para poder guardar cualquier improvisación). Poco antes de este suceso yo había abandonado toda esperanza de volver a componer música -y sin embargo, desde entonces, he aspirado a una vida con espacio para ello en mi futuro. Hace bien poco, E.J. y la comunidad se dedicaban al comercio de arte a nivel internacional, y me dio un buen consejo sobre cómo relacionarme con el gobierno de Chile en lo referente a unas esculturas de Totila Albert que quería restaurar y preservar.

Las impresiones que describo en los susodichos párrafos harán que quede claro al lector de este prefacio que estoy preparado para recomendarle a E.J. sin necesidad de leer su libro. No hay nadie a quien yo asocie tanto con el "guía taimado", (kash mir) en recuerdo del cual (nos cuenta Idries Shah) Cachemira recibió su nombre. También, por sus escritos anteriores, he llegado a apreciarlo como algo mucho más excepcional que un mero diseminador de información: un maestro que hace algo a través de sus comunicaciones y que permanece tras sus afirmaciones como una presencia y persona con la que es posible relacionarse.

Claudio Naranjo
Mojacar, España
septiembre del 1989